ODIO A DAVID LYNCH [ESPECIALES]

En los 80's tuvimos oportunidad de ver nacer a uno de los directores más complejos, visuales, conceptuales y malditamente enrevesados de los últimos años. Con su debut en 1977 con 'Cabeza borradora' ya dio una bofetada al mundo. Con su mensaje enigmático, rodeado de sueños, traumas y desequilibrios emocionales. La década la inauguró con la soberbia 'El hombre elefante' (1980). Una espectacular muestra de cine académico, sobrio, formal y lleno de matices, donde reservaba un lugar especial para sus secuencias oníricas. Más tarde llegaría su mayor desafío personal. Llevar la inmortal obra de Frank Herbert a la pantalla, 'Dune' (1984). Un total fracaso. Fue en 1986 donde marcaría a fuego de una vez por todas su intrínseco mundo cinéfilo con la perturbadora 'Terciopelo azul'. Ahí, en esa cinta, se acabó la fiesta. Lynch decía al mundo que se fuera al diablo, su cine había parido de forma abrupta y luchaba por vivir.








ORIGEN:


Tras su presentación con 'Cabeza borradora', apreciada en círculos muy cerrados debido a su conjunto, a Lynch le tocó la lotería cuando el inusual productor Mel Brooks ('El jovencito Frankenstein') le ofreció dirigir una versión del libro 'El hombre elefante' de Frederick Treves. El propio Lynch junto a otros dos guionistas se encargó de plasmar en imágenes la desgraciada vida de John Merrick (John Hurt). Una película de distaba en millones de años a su anterior trabajo. Rodada en blanco y negro (el color de los sueños) con un estilo british, sobria hasta el límite y un reparto muy convincente ( a Hurt hay que añadir a Anthony Hopkins, John Gielgud, Freddie Jones y Anne Bancroft). Magnífica fotografía de Freddy Francis ('El cabo del miedo', 'Tiempos de gloria') y música de John Morris, habitual en el cine de Mel Brooks. Es curioso que un tipo del mundo de la comedia como Brooks se fijara en alguien tan complejo interiormente como Lynch. Las bromas de la vida. Quizás ambos mundos no estén tan alejados. La comedia de lo sueños, los sueños de la comedia. Dos caminos que se separan en la vida. La muerte como broma, los sueños como escape de la risa. El cine de Lynch comenzaba a brotar de la mano de un cómico en una excelente película que trataba de la condición humana, la dignidad del hombre como monstruo social. Y siempre con una premisa, los sueños. Un mundo onírico que Lynch subraya en cada trabajo. Su peculiar mundo visual se concentra en escenas bizarras, anexas a la película, en ocasiones sin nexo con la trama. Aquí ya obraba sus mecanismos que en 'Cabeza borradora' eran su mayor motor. Al igual que en ésta, 'El hombre elefante' también explora el mensaje del enfrentamiento de la máquina contra el hombre (o viceversa), aunque este concepto lo irá perdiendo con el tiempo, para centrarse en los sueños.

Lynch y John Hurt en el rodaje de 'El hombre elefante' (1980)

PESADILLA:

Tras cuatro años de silencio (que no de ebullición mental) a Lynch se le encomendó la imposible tarea de llevar a buen puerto la adaptación de 'Dune'. Antes de su rodaje ya era inviable. No había suficientes medios técnicos para lograr un acabado convincente, no era el momento apropiado, se deberían gastar cientos de millones en su producción. Pero el bienpensante productor Dino DeLaurentis confió en que se podía lograr. David Lynch trabajó en un guión que triplicaba la versión final que vimos en los cines. Además, ni estudio ni productor acabaron satisfechos con el montaje final, por lo que añadieron más cortes a un excesivo metraje (230 mins.) que dilapidó las pocas opciones que ya tenía de por sí el film. Resultado: un fiasco de estreno.


Mala edición, peor distribución y varapalo al orgullo de Lynch. Su versión, más ambiciosa que la mostrada, hubiera significado quizás otra película. Pero entre su ego y las prisas del estudio, el proyecto se fue al traste. Un sinfín de extras, grandes decorados mal aprovechados, F/X no del todo bien resueltos, excesivos cortes en el montaje que hacen cojear al guión en todo momento, multitud de personajes sin fondo. Y sobre todo, la sensación de haber perdido la oportunidad de crear una gran película. El propio autor, Herbert, repudió el estreno. No culpó a Lynch, pero fue signo inequívoco de la visión del borde del precipicio en el que se encontraba el director. La crítica le devoró, el público le dio la espalda. Un niño malcriado al que le dieron un juguete muy caro. Un sólo alivio halló Lynch en este desastre: Kyle MacLachlan, que se convertiría en su actor fetiche en los siguientes años. Años en los que dio portazo a los grandes estudios para volcarse en su personal visión del cine. A partir de ahora rodaría su forma de entender el cine, sin ataduras, sin censores. Comenzaba el verdadero Lynch.

Lynch y Frank Herbert en 1983



LYNCH DESATADO:


Aun a sabiendas que le quedaban dos proyectos más con Paramount en su contrato, a Lynch no le tembló el pulso a la hora de llevar su propio guión en el siguiente trabajo. Sin cuerdas que le atasen como en 'Dune' tuvo la oportunidad de rodar como él quería, lo que él quería y de presentar el montaje final sin interferencias de los productores. 'Terciopelo azul' es una historia perversa, con escenas y planos que más tenían que ver con los sueños que con la propia trama. Un hombre que regresa a su ciudad natal se decide a investigar la aparición de una oreja cortada en mitad del campo. Desde ahí, una espiral de extraños personajes, lugares elípticos, sombras y luces que dibujan por vez primera el inquietante mundo de Lynch. Si a una extraña trama se le añaden actores como Dennis Hooper ('Easy rider'), Isabella Rossellini ('Wyatt Earp'), Laura Dern ('Corazón salvaje') o Brad Dourif ('Muñeco diabólico) el resultado es desasosegante. Un viaje por la maldad del ser humano, de sus vicios, traumas, imágenes hipnóticas, de un vértigo que te arrastra hasta donde el director te quiere llevar. No te deja indiferente. No quiere decirte qué debes entender, sino que decidas qué quieres entender. La música, otro factor fundamental en su carrera, de 'Terciopelo Azul' acompaña las escenas como un personaje más. Sueños que se transforman en pesadillas al ritmo de las misteriosas nota de Angelo Badalamenti, que repetiría con Lynch en futuros proyectos. 

Lynch e Isabella Rosellini en 1986.
Forma con 'Corazón salvaje' y 'Mulholand Drive' la trilogía de los sueños de Lynch. Una forma de entender el cine, de ver cine o vivir el cine. Distinta, molesta, inquietante, visceral y onírica. Mensajes ocultos, palabras susurradas al oído, visiones enlazadas con sentidos dormidos. Una patada al cerebro desde lo más profundo del subconsciente. Querer entender a Lynch es como intentar cortar el agua. Cada nueva cuchillada es diferente, imposible de medir. Sólo nos queda el consuelo de volver a ver sus films, disfrutar de un viaje sin paradas. Pero con un equipaje tan frágil y volátil como son los sueños de cada uno. Los años 80's sirvieron para descubrir a uno de los genios más indisciplinados del cine. Con tres películas mostró lo mejor y lo peor de su arte. Al menos, los que vivimos aquel nacimiento, aún podemos seguir gozando con la criatura que crece en nuestra memoria.

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